![]() Carta del escultor |
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Carta de agradecimientos Queridos amigos, aquellos que habéis creído en el proyecto de realizar un monumento, sencillo pero cierto, a Gustavo Adolfo Bécquer en el Moncayo. Quiero daros las gracias, pues aunque el apoyo recibido ha sido escaso, muy por debajo de las expectativas, lo cierto es que podemos decir que Bécquer ya tiene su escultura que le honra y le evoca, entre todos los visitantes que de una u otra manera llegamos a éstos hermosos parajes. Lo único un tanto descorazonador, es que, estando a unas tres semanas de su inauguración, solo hallamos recaudado, la tercera parte de los 18.000 € necesarios para su fundición en bronce. Pero eso no es culpa vuestra, pues sé que todos los que habéis colaborado desinteresadamente en éste proyecto, lo habéis hecho en la medida que circunstancias y posibilidades permiten. Por ello, insto a que los que aún estén un tanto remisos, no duden en colaborar, pues no es una cuestión de cantidad, si no de número de participantes en el proyecto. Nunca quise que fuese un agravio económico para nadie, ni siquiera por supuesto para mí, a pesar de que de momento, he tenido que sufragar todos los gastos, incluido trasporte desde Sevilla al Moncayo, e incluso encargarme personalmente de su instalación. Pero bueno, aún quedan algunas fechas, algunas promesas oficiales y ya veremos. Las “gracias” las puso el cielo. Yo solo soy responsable de los errores. Pero creo que en la balanza, el cielo fue más generoso. DE LA ICONOGRAFÍA DE LA OBRA Como la mayoría, comencé la andadura poética, con Bécquer. Unos lo dejaron atrás con noble mirada instalada en la adolescencia. Otros, creyeron superar los ingenuos “suspirillos germánicos”, y se instalaron intelectualmente en corrientes mas “serias”; y algunos, comprendimos que son pocos los que soportan el paso del tiempo con pujante y renovada modernidad, y se instalan para siempre en la belleza y en la profundidad de un lenguaje capaz de estremecer con su secreto, tanto al poco iniciado, como al conocedor, adentrándolo en los abismos más insondables del alma misma del amor. Ese es Bécquer. Recuerdo mis 17 años en Sevilla; las matinales clases en el conservatorio, antes, paso obligado por la catedral, la oscuridad de su silencio; el cansino deambular de algún canónigo viejo, casi difuso en la negrura de su vestimenta; y yo, un adolescente, aprendiz de la belleza, escondido en un rincón, a los pies de algún sepulcro medieval tallado en piedra. Y fueron surgiendo los iconos, el dandismo natural de los estetas, como afirmación de la pose de quien pertenece al arte, frente al sentido practico del mundo y su escuela. Conciertos en la catedral, Don Hilarión atruena. Disfrazado de mi mismo voy, para el resto de mis días; envueltos mis pocos años en capa negra, un bastón centenario, surgido de alguna ruina, de esas que había tantas en Sevilla para negocio de aquel “jueves”, rastro a la sevillana, y boina negra para cubrir mi cabeza, de negro cabello largo, derramada la incipiente barba, sobre la pálida tez. Desde entonces conservé aquel bastón, que me ha acompañado a lo largo de los años, sirviendo sobre todo, a dar forma a la soledad de quien camina, entretenido en su propia sombra, lejos de la mirada de los otros, absorto en el deambular de los pasos y el clac, del sonido metálico de esa tercera pierna. Hoy, Gustavo ha tomado de su mano mi bastón, mis años adolescentes, mis sueños de poeta. Se ha envuelto en mi capa y hasta un pequeño maletín de cuero que compré por veinte duros, hace años en un rastrillo en Zaragoza, lo ha dejado caer, copiado, a sus pies, confundiendo sus papeles con los míos, o viceversa. Del chaleco, como aquellos de antaño, que volvimos a poner de moda, algunos deambulantes de escenario, saca su reloj de bolsillo, tal vez en la ironía de un hombre sin tiempo, para recordarnos que ya era hora, tantos años, casi ciento cincuenta, y nada testificaba, salvo él mismo, su paso por éstas tierras del Moncayo. Hoy, recientemente hoy, entre el castillo, aquel de las brujas, y el pequeño cementerio de aldea, ese de la tercera carta, quizás el más impresionante texto del romanticismo español; sitúa su escueta imagen, siempre con un libro en la mano, ésta vez del Dante, recordando tal vez aquel” La bocca mi facció tutto tremante”, mientras sueña su mirada a lo lejos su añorado Veruela, tal vez recordando o queriendo retornar a su antigua celda monacal, cuando el sol decae. Ahora las frías noches, sorprenderán su estatua de bronce, como silenciosa campana, instalada, ojala que largo tiempo, a las faldas del majestuoso Moncayo, y sabremos, para orgullo nuestro, que pusimos el sueño y el empeño de hacer, lo correcto, lo más bello. LA ANÉCDOTA De todo el icono que envuelve la memoria de la obra, es sin duda, el bastón el que más se presta al juego e incluso, al deseo de las rapaces humanas, ávidas de trofeos. Una figura un tanto andrógina, se reclina en si misma, creando una forma oval que retorna al huevo, al vientre materno, a la oquedad de la tierra, el paso iniciático de la muerte. No en vano, sugiere aquellas antiguas ánforas que decoraban la entrada al recinto de los campo santos, con un ajado manto caído desde el brocal, cubriéndolas parcialmente. A ese lado, precisamente hacia donde se inclina a su peso, a poca distancia se sitúa el pequeño cementerio, aquel que tanto frecuentó el poeta en sus cavilaciones y sueños tras la muerte. Y otra vez lo personal, el recuerdo de que fue precisamente, una bella niña de apenas veinte años, la que un día me pidió tallar la forma de ese puño, que hoy me la recuerda bajo la tierra, cual si de una leyenda becqueriana más, se tratara. Se irá de mí con pena, pero será hermoso pensar, que de la mano de alguien pasean los secretos de mi existencia. Luigi Maraez |
Fotos "urgentes" de la escultura ya instalada cerca del Castillo de Trasmoz
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